.:: Historia de Puno

Onomástica de la palabra “Diablo”

La historia de la colonización religiosa cristiana de los andes nos trajo muchas nuevas palabras, signos, íconos y símbolos. Los dominicos, diocesanos, jesuitas, y otras relaciones católicas tuvieron por objetivo desaparecer las creencias y costumbres religiosas aimaras, quechuas, puquinas, urus, crear y adecuar sus concepciones religiosas a palabras aymaras, quechuas que tenían otros significados y sentidos; es decir, todo aquello que se oponga a los procesos de evangelización bajo la ideología cristiana medieval ordenados por los Reyes católicos, para cuyo efecto tenían una buena aptitud para enseñar la doctrina cristiana y administrar los sacramentos debidamente.
Uno de los problemas era como introducir las categorías del mal en la mentalidad andina, expresados por el ícono del diablo, al igual que el bien por muchos íconos entre ellos al ángel. Con ese propósito por ejemplo cuando los jesuitas llegaron a Juli en noviembre 1576, crearon la escuela de lenguas para aprender Aymara, Quechua y Puquina. Se sabe muy bien que uno de los problemas para la conversión y posterior confesión de los indios era la lengua, de modo que hubo políticas lingüísticas en la colonia para conseguir tal fin. Así se tradujeron a las lenguas mencionadas muchos manuales de confesión de indios. En las regulaciones brindadas en 1586, por el provincial Juan de Atienza a los Jesuitas de Juli, podemos conocer los pormenores de su funcionamiento. Se otorgaban a los estudiantes una cierta libertad para escoger al profesor entre los aymaroparlantes de la comunidad. Debían dedicar al menos dos horas diarias al estudio del vocabulario y gramática, la traducción y composición. Los documentos tempranos nos señalan que casi desde el comienzo tenían a su disposición “un vocabulario, un arte, un confesionario” en aymara, probablemente preparado por Alonso de Barzana. Se estimulaba a los estudiantes a que hablaran la lengua cuantas veces se presentase la oportunidad, y se esperaba que en breve tiempo dirigieran sermones prácticos a la comunidad jesuítica, ayudaran en la enseñanza de la doctrina cristiana y un poco más adelante predicasen y oyesen confesiones, todo en aymara. Las fuentes se encuentran en la Carta de Acosta a Mercurian II-IV-1579; Carta de Martínez a Gonzales Dávila 24-XII-1581, “se ha hecho vocabulario y arte confesionario y catecismo en la lengua y otras cosas para enseñar al pueblo que ha sido de mucho efecto”. Además (Pastells, Historia de la Compañía) afirma que Barzana preparó un catecismo en quechua y aymara para la congregación provincial de 1576.
Waldemar Espinoza (1982) al señalar los fundamentos lingüísticos de la etnohistoria andina y comentarios en torno al anónimo de Charcas de 1604, nos dice que también debemos tener en cuenta que hay algunos vocablos quechuas y aymaras (el agregado es nuestro) que, a pesar de estar registrados en los diccionarios de este idioma, no por ello designan hechos y cosas que en realidad hubieran existido en la citada civilización andina. Entre otras esto sucede con la palabra supay, que los lingüistas en general la traducen como ‘demonio, diablo, satanás, lucifer, maligno’. Pero ¿existió en verdad en las formaciones andinas un ente paralelo al demonio europeo? ¿O su engendro andino es el resultado de una visión o sugestión de los españoles del siglo XVI? Pues parece que no eran equivalentes, y todo permite demostrar que fueron los españoles quienes lo reinterpretaron así. Supay, por lo tanto quiere decir solamente ‘sombra, fantasma, duende’ cuyos sinónimos andinos eran igualmente Sacra, japiñuño, visscochu y humapurick, palabras que jamás significaron demonio, ni diablo de conformidad a los esquemas religiosos europeos. Pero de entre esas voces los doctrineros eligieron supay para señalar al demonio de su propia cultura, que no existía en la andina. De allí luego compusieron otra palabra: supaihuasi o infierno. Fueron dicciones completamente arbitrarias, ya que de sombra y fantasma o “trasgo de la casa” los españoles la convirtieron en satanás y lucifer, es decir en ‘ángel bueno y malo’ (Santo Tomas 1560: 354).
La búsqueda de analogías, equivalencias de las palabras que designan categorías cristianas con las lenguas originarias era una preocupación fundamental, o las adecuaciones a expresiones aproximadas. Por ejemplo el Padre Ludovico Bertonio en la introducción del “libro de la vida y milagros de nuestro señor Iesu cristo” de Alonso Villegas Selvago, escrito en dos lenguas, aymara y romance, editado por el mismo en Chucuito Juli en 1612, resalta las virtudes del aymara Martín de Santa Cruz Hanansaya y cuenta que ese joven era talentoso, cumplidor que le había resultado de gran ayuda al preparar sus trabajos de aymara, (se supone en la redacción de la gramática y vocabulario de la lengua aymara, publicado en 1612), sobre todo en la búsqueda de equivalencias ya que conocía también del español. En ARSI, peruana 17 (VI) Litterae Annuae, 1681 – 1684, f 31. Señala: De Martín de Santa Cruz Hanansaya, del Ayllo Cara, escribe Bertonio: “el averse criado en la escuela de los niños donde tanto cuydado se tiene de su enseñanza, el ser muy abil para cualquier cosa de ingenio, y entendimiento, y aun para aprender cualquiera ciencia si le enseñase; el aver aprovechado mucho en la lengua española, especialmente en la que habla por escrita, y saber los modos que en su lengua corresponden; el aver oydo de ordinario sermones y pláticas, que en todo discurso del año hazen los padres desta casa, que le ha importado mucho para entender mejor los misterios que en este libro se ponen; el mucho exercicio que han tenido en traduzir muchas otras cosas, exemplos, sermones etc., de Romance en su lengua Aymara, en dilatar de suyo en muchas materias, que aun tuviera en mucho que uno de nuestra nación aunque hubiera estudiado algunos años, hiziera otro tanto en su lengua. Concurriendo pues todo esto, en buena razón está que devamos estimar en mucho todo lo que se a traduzido con tan buena ayuda de cossa, pues van con la claridad, elegancia y propiedad, que puede pedirse en el lenguaje destos indios aymaraes de la Provincia de Chucuyto, o Lupacas, aunque muy pocas se toparan, que no sean muy claras para los naturales de toda esta tierra”.
Entonces ¿cómo convinieron Ludovico Bertonio y Martín de Santa Cruz Hanansaya (su informante y traductor) colocar la acepción de la palabra supaya en aymara? Muy simple como mandaba el interés católico: Supayo = Demonio = Supayo: antiguamente dezian: Hahuari que es fantasma. Endemoniado: supayona maluta y el Alcomaata haque. Demoñuelos, o diablillos de las danzas: socko, Sankatilla, Culu Culun, Saynata, Llama llama,Haachncu. (Vocabulario de la Lengua aymara [1612]).
Luego, vinieron las cofradías, procesiones, fiestas, autos sacramentales hasta la Festividad de la Fiesta de la Candelaria. La conexión entre Juli, Oruro y Cusco era muy dinámica. Es así como el diablo comenzó a recorrer los andes como símbolo del mal en contraste del bien.

Escribe: Walter Paz Quispe Santos.

 

puno
puno
puno
puno
puno